Medallista nacional en salto de altura, antiguo alumno del Colegio Peñalvento y estudiante de Ingeniería Informática en la Universidad Autónoma de Madrid, Iker representa la empatía desde la experiencia real: competir al máximo nivel sin dejar de comprender al otro.
Su año en Estados Unidos, la convivencia con su familia de acogida en Dakota del Sur y su transformación tras viajar a Sudáfrica le enseñaron que casi siempre juzgamos sin tener toda la información. En esta entrevista de Embajadores Educare, Iker demuestra que la empatía no solo nos hace mejores personas, sino que también nos ayuda a crecer, rendir y conectar de verdad.

¿Qué significa para ti que te hayan elegido para representar la empatía?
Siendo sincero, lo primero que sentí fue ilusión, porque es algo en lo que creo de verdad. Y lo segundo fue un poco de presión, porque hablar de empatía es muy fácil, pero practicarla cada día es otra historia.
Si tuviese que definir qué es la empatía, diría que empieza por algo muy simple: aceptar que casi siempre juzgamos sin tener toda la información. Alguien hace algo que nos parece mal y enseguida vamos con el «qué egoísta» o «no tiene ni idea». Pero si te paras un momento y te preguntas «¿qué me estoy perdiendo aquí?», la cosa cambia bastante.
Hay una idea de Sócrates que me marcó mucho: “nadie hace el mal de forma voluntaria, sino por ignorancia”.
Básicamente, la gente no se levanta queriendo hacer el mal; actúa de la mejor manera que sabe desde lo que entiende en ese momento, con la información que tiene. Y muchas veces esa información está incompleta. A mí eso me parece una forma muy útil de mirar las cosas, aunque reconozco que no siempre lo aplico.
¿En qué momentos la empatía ha sido clave para adaptarte y crecer?
En mi año en Estados Unidos, sin duda. Los primeros meses fueron bastante desastre, la verdad.
Recuerdo que yo soltaba bromas intentando caer bien, y la gente me miraba con una cara tipo «¿qué acaba de decir éste?». Al principio pensaba que mi humor era malísimo. Pero luego caí en que el problema no era que mis bromas no tuviesen gracia: es que directamente no me entendían cuando hablaba. Mi inglés era horrible y ellos no pillaban ni la mitad.
Cuando dejé de preguntarme «¿por qué me tratan así?», y empecé a preguntarme «¿qué estaré entendiendo mal?», y además mejoré mi inglés, todo cambió. Su forma de relacionarse era distinta. El humor, los códigos, las maneras de mostrar confianza no tenían nada que ver con lo mío. No era ni mejor ni peor, simplemente diferente. Y yo probablemente estaba malinterpretando cosas que no tenían ninguna mala intención.
Cuando dejé de tomármelo todo como algo personal, todo fluyó mejor. Al final, escuchar primero y adaptarme sin perder mi esencia fue lo que me permitió pasar de sentirme raro a ser uno más. Y gracias a ello acabé teniendo un año estupendo.
¿Qué te enseñó la convivencia con tu familia de acogida en Dakota del Sur?
Me enseñó que lo que realmente hace una experiencia memorable son las relaciones que forjas durante ella.
Bob y Robyn fueron increíbles desde el primer día. Me acogieron como un hijo más sin conocerme de nada, me ayudaron con todo, y me hicieron sentir como en casa desde el principio. Eso me dejó claro algo: puedes estar en el lugar más espectacular del mundo, pero si no conectas con nadie, te llevas poco. Y puedes estar en un pueblo de 600 habitantes en medio de Dakota del Sur y vivir algo que te cambia la vida. Al final, son las personas las que convierten una experiencia en algo que llevas contigo para siempre.
¿Hubo alguna situación concreta que te marcara y te hiciera ver la empatía de otra manera?
Sí. Antes tenía una idea bastante cómoda de cómo funciona el mundo: si alguien estaba en una mala situación, era porque no se había esforzado lo suficiente o no había tomado las decisiones correctas. Suena feo dicho así, pero creo que mucha gente lo piensa sin decirlo.
Eso cambió cuando viajé a Sudáfrica. Allí conocí a gente que se esforzaba cada día una barbaridad por salir adelante, que hacía todo lo que estaba en su mano, y aun así las circunstancias no se lo ponían nada fácil. No era una cuestión de actitud ni de ganas; era una realidad completamente distinta a la mía.
Y ahí me di cuenta de que juzgar desde tu propia experiencia es muy fácil, pero muy injusto. Porque tú no tienes ni idea de lo que es vivir con las cartas que le han tocado a otra persona. Eso me quitó mucha soberbia y me hizo entender que la empatía no es sólo ponerte en el lugar del otro, sino aceptar que probablemente ni siquiera puedes imaginarte del todo cómo es ese lugar.

¿Cómo vives la empatía dentro del atletismo y de los equipos?
La vivo como parte del rendimiento.
Con los entrenadores, la empatía cambia todo. Un buen entrenador no sólo te dice qué hacer, te explica por qué. Pero si tú no entiendes desde dónde habla, malinterpretas. Si entiendes su lógica, aunque no estés de acuerdo al cien por cien, puedes ajustar mejor. Y viceversa: si el entrenador te entiende a ti, sabe cuándo empujarte y cuándo darte espacio.
En deportes de equipo, como el fútbol americano o el baloncesto, a los que jugué en Estados Unidos, la empatía es todavía más directa. Si no confías en tu compañero, no le pasas el balón. Si no entiendes su rol, le pides cosas imposibles. Y si sólo piensas en tu rendimiento individual, el equipo se rompe.
Para mí la empatía en el deporte no es un valor moral abstracto. Es una herramienta que mejora el rendimiento directamente.
¿Qué te enseñó cada deporte sobre entender al otro y trabajar desde la conexión humana?
Cada deporte tiene su esencia, y me dio una capa distinta de empatía que al final se complementan.El salto de altura me enseñó empatía conmigo mismo. Es un deporte muy mental: si estás en tu contra, pierdes antes de saltar. Aprendí a gestionar la frustración, a ser paciente con el proceso y a no dramatizar los fallos. También me enseñó que el rendimiento no es lineal: hay días que saltas alto sin esfuerzo y días que parece imposible. Entender eso te hace más compasivo contigo y con los demás.
El fútbol americano me enseñó confianza en el equipo. Yo jugaba de “tight end”, que es una posición híbrida: a veces bloqueas, a veces recibes. Dependes de que el quarterback te vea, de que la línea ofensiva te dé tiempo, de que el entrenador confíe en ti para llamar esa jugada. Si no hay conexión, nada funciona. Y eso me hizo valorar muchísimo el trabajo invisible: la gente que hace bien su rol aunque nadie lo aplauda.
El baloncesto me enseñó lectura rápida del otro. En una cancha tienes que anticipar qué va a hacer tu compañero, comunicar sin palabras, ajustar en tiempo real. Y eso sólo pasa si entiendes cómo piensa el otro, qué necesita y qué puede dar en ese momento. Es empatía aplicada a velocidad alta.
La conclusión es la misma: cuando solo miras tu parte, te limitas. Cuando conectas con los demás, creces de verdad.
En Peñalvento hablas de haber construido una «familia». ¿Qué gestos o personas recuerdas que te ayudaron a sentirte acompañado?
Recuerdo cosas muy concretas. Los desayunos que hacíamos el equipo directivo con Minerva, la directora, y Ximena, del departamento de orientación, donde nos traían chocolate caliente y bizcocho. Nos lo pasábamos genial. O los patios jugando al fútbol como si fuese la final del Mundial, con compañeros con los que luego compartías clase.
He estado en Peñalvento desde chiquitito, así que al final acabó siendo mi segunda casa. Y eso pasa porque hay gente que se preocupa por ti, no sólo porque toca. Profesores que te preguntan cómo estás de verdad; compañeros que te incluyen sin que tengas que pedirlo. Esos detalles son los que hacen que un sitio deje de ser simplemente tu colegio y se convierta en un lugar donde de verdad te sientes parte de algo.
¿De qué manera crees que un colegio puede educar la empatía en niños y jóvenes de forma real, no solo teórica?
Sé que no es fácil de implementar, pero para mí lo que más me ha enseñado empatía han sido los viajes. Conocer otras culturas, otras formas de pensar, y ver que no todo es como nosotros creemos que es. Así que si pudiera elegir, diría conocer culturas distintas, animando a los colegios a salir con sus alumnos. Es la mejor opción, aunque sé que no siempre es viable.
En cuanto a medidas más generales, lo primero es que los profesores den ejemplo. Si hablas de empatía pero no la practicas, el mensaje no cala. Y algo tan simple como preguntar por el contexto antes de juzgar a un alumno ya cambia mucho la dinámica.
Y luego creo que donde más se aprende es resolviendo problemas reales que ocurran en el colegio. Premiar cuando se resuelven bien, con diálogo y entendimiento. Y también poner trabajos en equipo con responsabilidades reales, donde si alguien no cumple, el resto del equipo se ve afectado. Porque eso es lo que pasa fuera, en la vida real, y hay que aprender a empatizar con tu equipo desde ahí.
¿Crees que la tecnología también puede ser empática? ¿Cómo se diseña una tecnología que realmente entienda las necesidades de la gente?
Sí, totalmente. Para mí, una tecnología empática es la que entiende todo el contexto del usuario y todas sus necesidades. Y si no lo entiende, pregunta para recabar información y poder adaptarse mejor.
Es aquí donde creo que la inteligencia artificial va a tener un gran impacto, porque puede adaptarse muy bien a cada persona de forma individualizada, siempre respetando la privacidad. No se trata de recopilar datos por recopilar, sino de entender qué necesita cada uno para ofrecerle algo que realmente le funcione.
De hecho, ahora mismo estoy trabajando en una app de entrenamiento que se aprovecha de la IA para hacer específicamente eso: entender el contexto de cada usuario —su nivel, sus objetivos, su tiempo disponible, sus limitaciones— y adaptarse a esa realidad. Porque al final, la tecnología buena no te obliga a encajar en un molde, sino que se ajusta a ti.


¿Cómo gestionas la presión, el error o la frustración en tu día a día como deportista y estudiante?
Tengo una idea un poco controvertida, pero que a mí me ha funcionado mucho y me ha hecho más feliz: siempre tengo en mente que las cosas tienen muy poca importancia, lo realmente importante es sentirte bien contigo mismo, ya que todo tiene un final.
La presión, la frustración, el miedo al error… todo eso desaparece cuando te tomas la vida como un juego. No es que no me importe lo que hago, al contrario. Pero me importa menos el resultado y más el proceso. Eso me permite convertir el error en información, no en drama. Cuando algo sale mal, mi reacción es «vale, ¿qué pasó?» en vez de «soy un desastre». Y eso cambia todo.
Al final, si algo no sale bien, no pasa nada. Siempre hay un siguiente paso, un siguiente intento. Si te lo tomas así, avanzas más rápido y te diviertes más.
¿Qué aprendizajes te dejó haber ganado en EE.UU. un campeonato estatal de salto de altura en un contexto completamente nuevo? ¿Cómo influyó la empatía en tu forma de relacionarte con compañeros y rivales?
Una cosa que me di cuenta en Estados Unidos, y que hasta entonces me parecía normal, es que el atletismo es un deporte muy alejado de lo que la gente se piensa.
Mis rivales son mis mejores amigos. Convivo con ellos en el hotel durante cada competición, quedamos fuera de lo que es el atletismo, y en las competiciones nos apoyamos mutuamente. A mí esto me parece lo normal, porque en el atletismo compites contra ti mismo. Eso en baloncesto u otros deportes no lo experimenté de la misma manera.
Lo que me dejó esta experiencia fue darme cuenta de lo bonito que es el atletismo en ese sentido. Al final, todos somos chavales intentando destacar y sentirnos realizados. Y eso, en vez de separarnos, nos hace conectar mucho. Competimos duro, pero desde el respeto y el entendimiento de que todos estamos en lo mismo.
¿Qué mensaje te gustaría transmitir a los alumnos de Educare sobre la importancia de mirarse con amabilidad, de tratar a los demás con respeto y de construir relaciones basadas en la comprensión?
Mi mensaje concreto sería este: antes de juzgar a alguien, pregúntate qué información te falta. Siempre ir a la fuente, y cuando pensamos que alguien lo ha hecho mal, preguntarnos qué haríamos nosotros en su situación. O lo que es lo mismo, qué información nos falta para entender lo que han hecho o cómo piensan. Todo se reduce a tener siempre en mente esta idea: la mayoría de la gente no quiere hacer el mal, hace daño por falta de conocimiento.
Ese cambio de mentalidad mejora cómo te relacionas, cómo aprendes y cómo conectas con los demás. Y ojo, ser empático no es aguantar todo o no poner límites: es entender primero, y después actuar con criterio. Si algo está mal, se dice. Pero se dice desde un lugar de comprensión, no desde el juicio automático.
Y si tuvieras que resumir en una sola frase qué ha significado la empatía en tu vida… ¿cuál sería?
«Casi nadie se equivoca por maldad pura; la mayoría nos equivocamos por no entender la realidad del otro». Y aceptar eso te hace más humano».